divendres, 20 de juny de 2008

Vivimos en el tiempo del maquillaje. El Gobierno llama desaceleración a lo que la humanidad vive como crisis, y el PP no ve más que distintas sensibilidades donde todo el mundo ve tendencias enfrentadas. Detrás de cada eufemismo hay un tabú indeseable y, por tanto, impronunciable. El lenguaje de la política siempre ha estado lleno de unos y de otros, como si las palabras pudieran neutralizar la realidad que se niegan a nombrar.
El pesimismo no crea puestos de trabajo. Está por ver que los cree el optimismo. El vocabulario político trata siempre de mostrar el vaso medio lleno, pero en los últimos años el ambiente se ha llenado de sintagmas de buen ver como conducciones de agua, soluciones habitacionales o derecho a decidir. Por no hablar de clásicos como impuesto revolucionario o regulación de empleo. La cosmética verbal se extiende.
Los lingüistas definen tabú como la palabra que un hablante evita por motivos religiosos, supersticiosos o sociales. Pero la venenosa realidad tiene un antídoto, el eufemismo (del griego eu –bien- y pheme –modo de hablar-). En su clásico Diccionario de Términos Filológicos (recién reeditado por Gredos), Fernando Lázaro Carreter proponía varias causas para explicar su uso: el deseo de adaptarse a una circunstancia en la que la palabra resultaría plebeya (cabello por pelo, seno por pecho); el ennoblecimiento de la persona (profesor por músico); la cortesía (que resulta en fórmulas de “dudoso gusto” como “su señora” por “su mujer”); o la necesidad de atenuar una evocación penosa. Esta última causa ha modificado términos supuestamente negativos y ha originado la inflación de vocabulario políticamente correcto: el ciego es invidente, el inválido, minusválido o discapacitado. Sin olvidar que Barack Obama puede ser para unos negro y para otros, afroamericano. Y para casi nadie, mulato, palabra en desuso en tiempos poco dados al matiz.
El eufemismo, con todo, no es más que uno de los muchos medios de la lengua para renovarse. De algunos ni siquiera recordamos que lo son y que tienen origen en un tabú. Igual que nadie repara en el ojo de la aguja o en los dientes de la sierra como las metáforas (gastadas) que son, casi nadie es consciente de que, por ejemplo, para nombrar la mano izquierda el castellano usó una forma vasca (ezker) para orillar las connotaciones “siniestras” derivadas del término latino “sinister”. Su pareja “dexter” no tuvo problemas para evolucionar a “derecha”. Hasta no hace tanto, a los zurdos les tocó padecer una superstición que supuestamente se remonta al mal augurio que suponía que las aves volasen a nuestra izquierda o al hecho de que Judas fuese zurdo. Y pelirrojo, algo que también generó desvaríos supersticiosos. Como decía el clásico, el lenguaje no se inventa, se hereda.
“El eufemismo es un mecanismo imprescindible, no una anomalía”, subraya José Antonio Pascual, miembro de la Real Academia Española y experto en lexicografía. “Sirve para limar las asperezas de la lengua. Sólo hay que ver cómo ha evolucionado el lenguaje escatológico. Cuando se reguló la eliminación de aguas fecales, en las casas se le reservó el nombre del mejor espacio, el retrete, literalmente, lo más retirado. Decir papel higiénico, por ejemplo, es muy poco preciso, pero se trata de evitar la grosería. Todos agradecemos que nos saluden en el ascensor”.
De hecho, al académico le preocupa más el disfemismo, que busca el efecto contrario al eufemismo eligiendo la expresión más ruda. El eufemismo, recuerda Pascual, es un mecanismo similar al que hizo que cambiara el color de los uniformes de la policía nacional. Los grises del franquismo mudaron de color durante la transición para vestir de marrón. Y cuando se convirtieron, según la expresión popular, en maderos, pasaron a hacerlo de azul. “La policía ha perdido muchas de las connotaciones que tenía. Ya no da miedo a nadie… salvo en Coslada”, concluye el catedrático de Lengua.
Con todo, el propio Pascual advierte de que los eufemismos son como las tijeras. Su bondad depende del uso que se les dé: “Si los usas de forma inmoral, en lugar de facilitar la comunicación aumentas la confusión”. Es lo que suele pasar en el juego político, donde un exceso puede rozar la manipulación: “Las palabras tienen un halo connotativo muy fuerte. Por eso el Gobierno abandonó la palabra trasvase, que se había cargado de negatividad”. Antes de que la lluvia lo hiciera innecesario, éste recibió toda una colección de denominaciones con más meandros que el Ebro destinadas a negar la evidencia: desde captación-transferencia-traslado-aportación puntual de agua hasta conducción de caudales, pasando por interconexión temporal de cuencas hídricas o conexión de sistemas dentro de la misma demarcación hidrográfica.
Solucionado el abastecimiento de Barcelona, el otro gran tabú gubernamental es la palabra crisis, oficialmente desaceleración (aunque por momentos se nos conceda que acelerada). En 2000, el actual presidente de la agencia Efe, Álex Grijelmo, publicó La seducción de las palabras (Taurus), un libro sobre la manipulación lingüística en el que se analiza cómo funciona un término tan caro a los tecnócratas y tan extraño al común de los hablantes, que nunca desaceleran; como mucho, frenan. “El prefijo negativo des”, explica Grijelmo, “se hace acompañar aquí del término positivo acelera, en otro ejemplo de contradicción seductora, alterando la percepción del concepto para embaucar a los electores. Así, creemos que la economía llevaba una marcha positiva muy acelerada, y que por eso no importa que pierda velocidad”. Efectivamente, la combinación de prefijo negativo y término positivo es todo un clásico en la construcción de eufemismos: los que antes eran pobres ahora son desfavorecidos, y los libros que antes estaban agotados ahora aparecen como no disponibles.
Se atribuye a Talleyrand la ocurrencia de que el lenguaje le ha sido dado al hombre para que pueda ocultar el pensamiento, una idea que retrata tanto al hábil político (y ex obispo) de la Francia posrevolucionaria como a los de su gremio. En la política, en efecto, el eufemismo es moneda corriente. Se trata de un campo en el que “el encubrimiento siempre ha existido. Su máxima expresión sería la diplomacia, claro”, apunta Antonio Elorza. Aunque tradicionalmente ese encubrimiento surgía más del pragmatismo que de la voluntad de engañar, el catedrático de Ciencia Política de la Universidad Complutense señala que el siglo XX asistió al perfeccionamiento de las técnicas de persuasión por el creciente peso en la política de la mercadotecnia y la propaganda. Y esa perfección tiene un nombre: Joseph Paul Goebbels, ministro de Instrucción Pública y Propaganda de Hitler y autor de aquella famosa frase según la cual una mentira repetida mil veces se convierte en verdad. Para Elorza, “el eufemismo como deformación consciente y sistemática proviene, sí, de los lenguajes totalitarios”. Las dictaduras, en efecto, han dado perlas como la democracia orgánica de Franco o la República Democrática de Alemania del régimen comunista germano. Sin olvidar que el nombre oficial de la actual Junta Militar birmana es Consejo de Estado para la Paz y el Desarrollo. Al lado de la cruda realidad, la ficción inventada por George Orwell en su novela 1984 parece puro costumbrismo, por mucho que en la neolengua del régimen del Gran Hermano el Ministerio del Amor sea el encargado de mantener el orden (por los medios que sea) o el Ministerio de la Paz se dedique a los asuntos de la guerra. ¿Pero qué es eso comparado con llamar a un genocidio solución final o limpieza étnica?
Con todo, en democracia también se narcotiza a la población con un lenguaje “que dulcifica la realidad”. Es lo que sostiene la filóloga y periodista Irene Lozano, autora de El saqueo de la imaginación (Debate), un ensayo subtitulado Cómo estamos perdiendo el sentido de las palabras. Lozano recuerda cómo a los reclusos de Guantánamo se les niegan sus derechos como presos de guerra considerándolos “combatientes enemigos ilegales”, y habla de un personaje inquietante, Franz Luntz, consultor de los republicanos estadounidenses, que, entre otras cosas, recomendó evitar la palabra capitalismo. Para sustituirla nacieron “libre empresa” y “economía de mercado”.
Con su consolidación, el eufemismo político llega a convertirse en seña de identidad. Términos como Estado español por España o Euskal Herria por Euskadi (y viceversa) identifican inmediatamente a quien los utiliza. “El gran problema”, abunda Elorza, “es que se te escapa violencia por terrorismo e impuesto revolucionario por extorsión. Acabas metido en un bosque semántico”. Para el profesor donostiarra, el nacionalismo es especialmente dado a la “traslación de significados”. La última gran propuesta del lehendakari Ibarretxe se llama consulta y no referéndum, y lo que plantea no es la autodeterminación, sino el derecho a decidir. “¿Y quién no admite el derecho a decidir?”, se pregunta Elorza. “El Gobierno vasco no puede hablar de independencia porque sabe que la quiere una minoría de la población, pero el derecho a decidir suena tan positivo que no se discute. Lo mismo sucede con la expresión ‘sentirse cómodo’, tan usada por los nacionalistas catalanes. En el fondo oculta la bilateralidad, es decir, Estado confederal, no federal”.
Así las cosas, ¿cómo puede un eufemismo dejar de parecerlo? ¿Cuándo se integra en la lengua sin antecedentes penales? Elorza señala a la prensa como principal vía de limpieza. También ayuda, en el caso del lenguaje nacionalista, que sea asumido por un partido que no lo sea: “Es lo que hizo el PSOE al hablar de diálogo con ETA, algo que en política no existe”. Según Elorza, el partido socialista es muy dado a los eufemismos. El PP, casi nada: “Prefiere la hipérbole”. La cuestión de los eufemismos, tan pegados al poder, recuerda a la advertencia del descreído Humpty Dumpty de Alicia: “La cuestión no es saber qué significan las palabras, la cuestión es saber quién manda”.

“En español se dice crisis”, El País

dimarts, 10 de juny de 2008

bye bye

Con esta última entrada quiero dar por terminado mi blog. Me hubiera gustado que fuese más original y poder haber aportado otras curiosidades que no fueran únicamente las tascas de la asignatura, pero con otras seis asignaturas más, me ha resultado imposible.

Sólo quiero acabar diciendo que, a pesar de que al principio creí que sería una tarea un poco pesada y trabajosa, ha acabando siendo divertida. Además, me ha permitido ir repasando e interiorizando los conceptos vistos en clase, que si no hubiese sido por el bloc, no los habría revisado. También me ha resultado divertido el hecho de recordar mis experiencias “estudiantiles”, poder compartirlas con mis compañeras y poder saber un poco más sobre las suyas.

¡Espero que todo os vaya muy bien!

Y espero seguir leyendo vuestras experiencias, si alguna decide continuar con el blog…

Aprendizaje en línea

Parece ser que al fin hemos llegado a la última tarea de esta asignatura y qué mejor manera que dedicarle una entrada explicándoos mi limitada experiencia como aprendiz de lenguas en línea.

Como ya he dicho, mi experiencia como aprendiz en línea es muy limitada, por no decir que casi no he tenido experiencia. Mi colegio sólo tenía un aula de ordenadores, que únicamente la pisábamos para hacer la clase de informática una vez por semana, en la que sólo nos enseñaban mecanografía…y en el colegio donde hice el bachillerato, si había alguna aula de informática, yo no la vi… Creo que con esto es suficiente para que os hagáis una idea de mi “experiencia” como aprendiz en línea. Ah, se me olvidaba… la academia de idiomas también tenía un aula con ordenadores, pero sólo los utilizamos 3 o 4 veces en los casi diez años que estuve estudiando allí.

Como podéis ver, mi experiencia como aprendiz de lenguas en línea es inexistente, hasta que no llegué a la universidad no utilicé ningún tipo de plataforma con fines educativos como moodle o campus global. Y ha sido en esta asignatura en la que de verdad creo que se han potenciado estos recursos, ya que en otras asignaturas sólo se utilizaban estas plataformas para colgar los materiales del curso y las diferentes prácticas. En esta asignatura he aprendido a utilizar forums, xats, blogs y wikis y gracias a ella he aprendido que estos recursos son igual de útiles que los recursos más tradicionales.
Finalmente, me gustaría añadir que considero el aprendizaje en línea es un método muy interesante, pero que debería potenciarse más por parte de las entidades educativas, ya que muchas veces los alumnos no saben la infinidad de recursos que existen para aprender una lengua. Sin embargo, no creo que éste sea el único método que debería emplearse en la enseñanza lingüística en línea, pues que en numerosos veces es necesaria la ayuda de un profesional de la enseñanza para resolver según que tipo de dudas.

dissabte, 7 de juny de 2008

Evaluación

Después de unos días de inactividad blocaire debida a los numerosos trabajos, prácticas y demás actividades propias de nuestro queridísimo sistema de evaluación continua (y final) del Plan Bolonia, vuelvo a estar por aquí para hablaros de mi experiencia con los diferentes sistemas y enfoques de evaluación.
A lo largo de mi vida como estudiante he tenido la oportunidad de experimentar diferentes enfoques de evaluación en lo que a la enseñanza de lenguas respecta. En primer lugar, en la ESO y el Bachillerato los sistemas de evaluación que más predominaban eran el sumativo y el cuantitativo. En parte, parece bastante obvio que se evalúe de este modo a los estudiantes ya que esto les servía para saber si estaban preparados o no para presentarse a la selectividad. Sin embargo, los profesores, sobre todo en la ESO, también valoraban el esfuerzo personal y el trabajo diario de cada alumno, aunque, en gran parte, el peso importante de la nota final lo tenían los exámenes. Por otra parte, si no recuerdo mal, la única experiencia de evaluación ipsativa que he tenido ha sido en una asignatura de interpretación simultanea, en la que des del primer momento, el profesor nos dijo que lo que le iba a tener en cuenta para aprobarnos o no era el progreso y el esfuerzo personal de cada uno. La verdad es que creo que es una de las mejores maneras de evaluar, ya que adapta a cada alumno la evaluación en función de sus conocimientos previos y los posteriores. Sin embargo, dependiendo de lo qué se evalúe, este nos es el mejor método. Por ejemplo, en las pruebas para obtener títulos oficiales. Finalmente, la evaluación continua la he “sufrido” en estos dos últimos años de carrera. Creo que es un método de evaluación correcto si se aplica bien, ya que muchas asignaturas en esta universidad, además de evaluar de forma continua (con prácticas semanales y ejercicios varios), también lo hacen de manera final.
En cuanto a los propósitos de evaluación, creo que en mayor o menor medida he experimentado todos los tipos de pruebas presentadas. Las pruebas de diagnóstico las experimenté sobre todo en la ESO y el Bachillerato, cuando, al principio de curso, nos hacían la típica “avaluació inicial” para saber cómo íbamos; las pruebas de adscripción también las experimenté en la ESO en las asignaturas de catalán, castellano, inglés y matemáticas, cuando nos dividían en tres grupos dependiendo del nivel de cada alumno; los típicos exámenes de verbos supongo que pertenecen a las pruebas de aprendizaje y, finalmente, las pruebas de assoliment a final de trimestre han sido todo un clásico en la enseñanza.
Referente a los instrumentos de evaluación, también he experimentado la mayoría de los que se han presentado, aunque creo que los que más han destacado han sido los tests de elección múltiple, sobre todo en los exámenes de inglés, las entrevistas orales, también en los exámenes de expresión oral de inglés, los trabajos en equipo y los ejercicios de clase. No recuerdo ninguna experiencia memorable con estas actividades, únicamente que me ponía muy nerviosa en los exámenes orales (entrevistas orales) de la academia de inglés, en los que entrabas de dos en dos a un aula y el profesor iba haciendo preguntas, escuchando y puntuando cómo te expresabas en inglés.
Finalmente, considero que, en general, he recibido una evaluación justa de mi aprendizaje porque casi siempre he recibido la nota que más o menos espero.

dissabte, 17 de maig de 2008

Las metodologías de enseñanza: mi experiencia como aprendiz de lenguas

Al igual que en el ejercicio anterior, y después de bastantes años aprendiendo lenguas, creo que he experimentado distintas metodologías. Sin embargo, hay otras que no he experimentado nunca como, por ejemplo, la suggestopedia, la vía silenciosa, el aprendizaje cooperativo o el enfoque comunicativo. Antes que nada, me gustaría comentar que me llamó la atención cuando en clase nos explicaron que había una metodología basada en escuchar música relajante, sentarse en butacas cómodas y escuchar diálogos a fin de que los alumnos aprendieran a conversar en poco tiempo (suggestopedia). No puedo decir si es una metodología eficaz o no, puesto que, muy a mi pesar, no la he experimentado nunca, pero no descarto la idea de poderla experimentar algún día.

A lo largo de mi experiencia como aprendiz de lenguas, creo que no ha habido una metodología que destacara por ser la más empleada por los profesores, sino que más bien las clases se basaban en una mezcla de todas ellas. Estas clases combinaban la gramática, el léxico, la comprensión y expresión tanto escrita como oral.

La primera vez que una profesora empleó el método de la traducción para enseñarnos algo de gramática fue en bachillerato: cada día, al acabar la clase, nos ponía de deberes cinco o seis oraciones para que las tradujéramos al inglés, que corregíamos en la siguiente clase.

En la academia de inglés, al ser todos los profesores nativos y, además, hacían ver que no sabían ni el catalán ni el castellano, sólo se empleaba la lengua meta en clase, o sea, el inglés. Estos profesores daban mucha importancia a que nos supiéramos expresar en inglés y, cada vez que hablábamos entre los compañeros en catalán o en castellano, nos imponían pequeños “castigos” como ponernos más deberes o no hacer juegos al final de la clase (en los últimos diez minutos de clase, en los primeros cursos, siempre hacíamos pequeños juegos en inglés como el ahorcado, y otros de este tipo). Este tipo de metodología me parece muy eficaz ya que enseña al alumno a pensar lo que pretende expresar directamente en la L2 y no a pensarlo en su lengua materna y luego traducirlo a la lengua meta. Creo que es un método muy importante para desarrollar satisfactoriamente la expresión y comprensión oral.

Cuando estuve de Erasmus, en una clase de francés, grabamos una conversación en parejas y luego la escuchamos y analizamos con el fin de mejorar nuestra pronunciación y nuestra expresión oral. Supongo que esta actividad sería una variación de la técnica que propone el Community Language Learning. Sin embargo, mediante a esta actividad no mejoré ni mi expresión oral ni mi pronunciación en francés puesto que, al saber que me estaban grabando, teníamos la conversación medio preparada e intentábamos pronunciar de la forma más correcta posible. Desde mi punto de vista, esta actividad hubiese sido más eficaz y más real si no hubiésemos sabido que nos estaban grabando.
No sé si cuando en segundo de carrera nos enviaron a todos de Erasmus o los meses de verano en el extranjero se consideraría un método de inmersión lingüística. Creo que estar una temporada rodeada de la lengua y la cultura que pretendes aprender es una de las mejores metodologías que existen para aprender una lengua, ya que no tienes más remedio que comunicarte con los hablantes de esa lengua, lo cual te enseña a saber desenvolverte con eficacia en las situaciones más comunes del día a día –aspecto que no te enseñan en ninguna academia ni ningún profesor de inglés.

Otra de las metodologías que creo que no he experimentado el método audiolingual, ya que no recuerdo ningún ejercicio que se basara en escuchar un diálogo, repetirlo hasta memorizarlo y reproducirlo. Es verdad que en los primeros cursos de inglés o francés nos enseñaban cómo debíamos preguntar una dirección, una opinión, cómo presentarnos, etc. y después hacíamos ejercicios orales en parejas para ponerlo en práctica. Pero no sé si estas actividades se consideran audiolinguales.

Estas metodologías y actividades son las que mejor recuerdo, seguramente que me deje alguna o que haya alguna metodología que crea que no haya experimentado pero que en realidad sí que las he realizado. De todos modos, creo que para aprender de forma eficaz una lengua lo más adecuado es saber combinar las diferentes metodologías presentadas. Es decir, creo que una buena metodología consistiría en decidir qué es lo más acertado y positivo de cada una y realizar clases y actividades diversas: de nada sirve saber conjugar los verbos perfectamente y saber todos los aspectos de la gramática si luego no sabes ponerlos en práctica para comunicarte o, al revés, tampoco es muy útil saber expresarte y pronunciar perfectamente si luego no sabes cómo formular correctamente las oraciones.

A mi parecer, los aspectos que una metodología debería tener en cuenta para aprender una lengua de manera fácil y eficaz son diversos: gramática, léxico, comprensión y expresión oral y escrita. Sin embargo, todo ello depende de las necesidades del alumno y de las finalidades por las cuales desea aprender una lengua: como ya se comentó en clase, no se debería emplear la misma metodología para una persona que acude a clases de inglés para poder leer a su autor favorito que para otra que quiere aprender inglés para irse de viaje en verano.

diumenge, 11 de maig de 2008

Las teorías lingüísticas y psicológicas: mi experiencia como aprendiz de lenguas

Nunca antes me había planteado que detrás de cada profesor o materia se escondían unos planteamientos, unas teorías que guiaban la metodología de la clase. Creía que los profesores se organizaban la clase como veían conveniente: estaban los “conservadores” que seguían al pie de la letra la materia que proporcionaban los libros y los “liberales” que dejaban un poco de banda el libro para darle pie a la creatividad. Sin embargo, ahora sé que detrás de cada uno había unos planteamientos lógicos y razonables.

Me resulta bastante difícil señalar una única teoría lingüística y psicología con la que me haya sentido identificada ya que cada profesor y cada escuela empleaba aquella que le parecía más oportuna acorde con sus planteamientos y objetivos. Por lo tanto, no creo que mi aprendizaje haya sido fruto de una única teoría, sino de un poco de cada una.

Empezando por el conductismo, que creo que ha sido la que más ha marcado mi trayectoria estudiantil, recuerdo actividades y ejercicios muy propios de este planteamiento. ¿Quién no ha tenido que copiar 5 o 10 veces las faltas de ortografía de los dictados? Menos mal que, por suerte, no cometía muchos errores… O que me dicen sobre recitar de memoria la lista de los verbos irregulares en inglés o la lista de los phrasal verbs. Y las veces que me he tenido que aprender los tiempo verbales del catalán (con la ayuda de nuestro inseparable “llibre verd” de Xuriguera), porque año tras año era la misma historia, y no entiendo por qué, después de tantos exámenes de verbos, aún me cuesta recordar cuál es el pretérito anterior. Creo que la respuesta es que no sirve de nada recibir un input descontextualizado y repetirlo continuamente como loros, sino más bien, comprender la información y saberla utilizar en contextos reales, ¿de qué me sirve saberme todos los phrasal verbs del inglés si no me enseñaban a utilizarlos en contexto?

En la academia de inglés el método más empleado fue el constructivismo con un poco de humanismo ya que, al no sobrepasar nunca los 7 alumnos en clase, aquello era como una pequeña familia (además, cada año éramos los mismos), nos conocíamos todos bastante, y los profesores aprovechaban esta situación para hacer hincapié en las relaciones personales con el objetivo que estuviéramos más a gusto en clase y que tuviéramos más confianza y seguridad en nosotros mismos. Era en este tipo de clases en las que realmente aprendía la lengua.
A mi profesor de catalán de bachillerato le encantaba poner “punts positius” y “punts negatius” a sus alumnos. Me explico, se pasaba toda la hora de clase con la lista de los alumnos y mientras explicaba intercalaba preguntas relacionadas con la gramática, ortografía, cultura, etc. Si no sabías la respuesta, se anotaba un punto negativo en su lista y, si la sabías, un punto positivo. De modo que llegabas a fin de trimestre con un listado de puntos negativos y positivos que servían para subir o bajar nota. Aquellas clases se me hacían eternas, puesto que estaba más pendiente de que no me preguntara a mí que de otra cosa.

Por esta razón valoro las metodologías de enseñanza que adoptan el humanismo porque no obligan a nadie ha hablar en voz alta o a salir delante de todos los compañeros a hablar (los que me conocen saben que soy bastante tímida y me cuesta mucho hablar y participar ante en clase) y que fomenta las relaciones personales entre los alumnos con el objetivo de crear un buen ambiente en la clase. Creo que cada vez más, esta metodología es empleada por más profesores cuyo objetivo no es sólo que el alumno aprenda, sino cuál es la mejor manera de enseñar y con qué métodos éste se sentirá más cómodo en clase para que verdaderamente aprenda.

Creo que cada teoría tiene sus ventajas y sus inconvenientes y que adoptar una u otra depende de muchos factores: tipo de alumnos, lo que esperan aprender, sus objetivos, su predisposición ante la clase, etc.

Por lo que he experimentado, el francés es la lengua que posee un método de aprendizaje más tradicional. Recuerdo que las clases de francés, aquí en Catalunya, se basaban en una metodología más conductista: exámenes de verbos cada semana, mil ejercicios de gramática, poco énfasis en la conversación, etc. Sin embargo, el año pasado hice un curso de francés en Niza y allí la metodología era muy diferente: los profesores ponían más énfasis en la lengua oral, en construir vínculos afectivos entre nosotros para que nos sintiéramos cómodos en clase, se organizaban actividades extraescolares con ese fin, etc. Por el contrario, el inglés creo que es la lengua cuya metodología es más moderna porque, en la mayoría de casos, los profesores hacían más hincapié en la interacción y comunicación entre alumnos, así como también en el aprendizaje de la lengua.

dimecres, 30 d’abril de 2008

Expectativas y experiencia como aprendiz de lenguas

¡Hola a todos!

Creo que ya va siendo hora de empezar a escribir en este blog y darle un poco de vidilla. Para los que no me conozcáis, soy Ester Ballester y estudio Traducción e Interpretación y Lingüística. Antes de todo, me gustaría comentar que no me entusiasma la idea de escribir en un blog, puesto que nunca me he aventurado a hacerlo, pero espero acabar acostumbrándome a esta nueva metodología que, a la vez, es una manera original de realizar una asignatura. Así que inauguremos este blog explicando mis expectativas y mi experiencia como aprendiz de lenguas.


Mis expectativas

Esta asignatura la matriculé porque “tocaba” ya que, como he comentado antes, también estudio Lingüística y, según el plan de estudios, es una asignatura troncal. A pesar de ello, es una de las asignaturas que, por lo poco que hemos visto, parece que va a ser “diferente” del resto y esto es lo que me llama la atención. Me explico, la mayoría de las asignaturas de esta licenciatura están enfocadas a la lingüística computacional, así que nos tomamos con más entusiasmo estas asignaturas que nos permiten reflexionar y ver el otro punto de vista de las cosas. Creo que va a ser una asignatura divertida que, ya desde el principio, nos ha hecho plantearnos cuestiones en las que nunca antes me había parado a pensar: ¿cómo aprendí a escribir?, ¿cómo eran mis clases de lengua?, ¿y los profesores? Por otra parte, esta asignatura trata un tema que nos involucra, en mayor o menor medida, a todos: la enseñanza de lenguas. Todos hemos sido aprendices de lenguas y, seguramente, la mayoría de nosotros hemos enseñado lenguas. Por lo tanto, creo que es interesante que nosotros, los estudiantes de lenguas, veamos la parte opuesta y profundicemos en este tipo cuestiones. Al finalizar la asignatura, me gustaría tener una visión global del tema que nos concierne puesto que nadie sabe lo que nos deparará el futuro y no descarto la opción de dedicarme a la enseñanza de lenguas, aunque esto de ser profesor no es mi pasión debido a la poca paciencia que tengo en ciertas situaciones. En cuanto a las clases magistrales y a los seminarios, si bien no soy una persona que se caracterice por participar en clase, la idea de interacción alumno-profesor y la participación que se da en las clases de seminarios me parece muy acertada.


Mi experiencia como aprendiz de lenguas

En casa siempre hemos hablado en catalán, en el colegio todas las clases se impartían en catalán, excepto la de lengua española, con mis amigos de la infancia me comunicaba en catalán. Cuando llegué al bachillerato, todas las clases se impartían en español, excepto la clase de inglés y la de catalán. Fue en ese momento cuando empecé a desarrollar el español y, muy a mi pesar, dejé un poco de banda el catalán, que ya sólo lo utilizaba en casa y con algún amigo. En la universidad, me adjudicaron como Lengua A el español y, por lo tanto, todo se mueve alrededor de esta lengua, dejando el catalán como lengua que únicamente utilizo de forma regular en casa. Me siento cómoda hablando en ambas lenguas, aunque, por las circunstancias que he explicado, en la expresión escrita domino mejor el español que el catalán y por esta razón estoy escribiendo este blog en español. En este momento, podríamos decir que el español es mi lengua de trabajo y el catalán la lengua familiar. Llegados a este punto, ¿cuál es mi lengua materna?

Después de reflexionar un poco sobre mi crisis de identidad, vayamos a por las segundas lenguas: el inglés y el francés. El inglés empecé a estudiarlo en una academia de idiomas antes que en el colegio. Debido a mi poca memoria, no recuerdo a qué edad empecé a ir a la academia ni por qué. Sólo recuerdo que mi madre un buen día me apuntó y dos días a la semana, muy a mi pesar por aquel entonces puesto que a mi me apetecía más quedarme jugando con mis compañeros que ir a estudiar, acudía a clases de inglés. La verdad es que no recuerdo como eran aquellos primeros años en la academia, supongo que realizábamos actividades relacionadas con los colores, los días de la semana, lo típico. Ya de más mayor, las clases combinaban tanto gramática como oralidad: al empezar la clase, el profesor nos preguntaba qué habíamos hecho el fin de semana y cuestiones parecidas, si era lunes, o qué íbamos a hacer el fin de semana o temas relacionados, si era miércoles; a continuación hacíamos ejercicios de gramática, de comprensión escrita y oral y, finalmente, poníamos en práctica lo aprendido mediante redacciones o ejercicios de expresión oral. En el colegio, las clases de inglés eran muy diferentes: en primer lugar, el profesor se pasaba media clase intentando que los alumnos le hicieran caso y explicaba como buenamente podía el tema. Lógicamente, no realizábamos ejercicios de expresión oral y la poca gramática que explicaba se repetía año tras año: present simple o present continuos y, aún así, aún tenía compañeros que en cuarto de la ESO no sabían ni cómo se construía el present simple. ¡Qué sabia fue mi madre al apuntarme a clases de inglés fuera del colegio! En cuanto al francés, me brindaron la oportunidad de empezar a estudiar esta lengua en tercero de la ESO, como crédito optativo o algo así. El profesor, un hombre ya mayor, dedicaba sus clases a explicarnos la correcta pronunciación de la u, a hacer ejercicios del libro y una vez por semana nos hacía un examen de verbos. Así que acabé 4 de la ESO con un conocimiento nulo de francés: sólo me sabía de memoria los verbos, los días de la semana y los colores. Fue entonces cuando decidí que debía hacer algo más e hice un curso en la EOI, en el que verdaderamente aprendí algo de francés.


Esto es todo por hoy, ¡hasta la próxima!